Hay victorias que justifican una carrera deportiva. El estadounidense Zach Johnson ha tenido dos de esas. La primera en el Masters de Augusta de 2007, y la segunda esta, en Saint Andrews, en el torneo más especial y en el campo más especial del mundo, en la cuna del golf, en el Old Course, donde hace 155 años se empezó a disputar el Open Británico. Y además lo ha conseguido en una de las ediciones más emocionantes que se puedan recordar, con un grupo enorme de jugadores encarando la jornada final con opciones de llevarse esa preciada Jarra de Clarete a su casa.
El golfista estadounidense no ha representado la regularidad en el torneo. No ha tenido ningún día terrible, siempre ha estado por debajo del par, pero está claro que ha fraguado su triunfo en el primer y en el último día de competición. En ambos casos firmó una tarjeta de 66 golpes, seis por debajo de lo que marca el par del campo. Lo del primer día le metía arriba, entre los mejores, durante las dos siguientes jornadas, con suplicio incluido por la climatología, simplemente sobrevivió sin alejarse demasiado de la cabeza, y el lunes, lluvioso pero con el viento más bien calmado, fue el momento de lanzar el ataque, sin salir en uno de los últimos partidos, yendo un poco por delante de los que tenían más papeletas para ganar, pero marcando un ritmo infernal que les metía presión a todos ellos.
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